- Por moi pouco que che guste, ten que chover, é necesario. Que sería de vida sen chuvia? Nada, un tempo vacío e sinxelo, sen malos temporais que levaron consigo a luz e que agora te fan recordar con ledicia ese momento cando escampa, e podes ver o sol saír entre as nubes de tormenta.
Igual pasa co corazón, ruliña.
- Pero avoa, non é xusto. Eu queríao, por que me traizoou?
- A vida non é sinxela, neniña, a vida é como unha árbore. Ao principio estás moi acompañada e protexida por xente que te quere e que está sempre ao teu carón. A medida que creces, vaste separando de moitas de esas persoas que seguen o seu propio camiño ou se quedan atrás. Cada vez, viaxas por unha rama máis estreita, deprendéndote dos teus seres máis cercanos e dicíndolles adeus. Durante un tempo, pode que viaxes sóa, pero a primavera traerá follas e flores que non serán duradeiras, pois se o mal tempo non as leva antes, ou a algunhas un lene sopro de vento, co outono se irán. Máis non temas, é unha das cousas que sempre van da man coa vida. A pesares disto, un día enontrarás unha flor ou folla, se non te perdeches ou rendiches antes, que a pesar dos máis grandes temporaise de tódolos tormentos que a poidan afectar, non se afastará do teu lado, e nin tan sequera o outono a poderá separar de tí. Saberás entón con quen pasarás o resto de esa vida, ata que finalmente o outono arrebate esa folla ou flor, ou pode que a tí. Pero daquela xa haberás formado parte de outra árbore, ou de varias, onde acompañaches a esa pequena ramiña que tanto te recordaba a tí, con aquela folla ou flor ao teu lado, tan unidos coma un só, e saberás que esa pequena e fráxil rama tamén encontrará a súa flor ou folla, ou pode que xa a encontrara, pero de todas formas, cando o outono te arrinque, xa haberás descuberto o que é a vida.
jueves, 4 de octubre de 2012
Desvaríos míos <3
Parece sencillo el creer que lo has superado, que te has olvidado de todo, de sensaciones, momentos, y que eres una persona nueva. Y lo es. Es sencillo, pero no fácil, algo que el ser humano tiende a confundir, a pesar de que no haya nada en comun en sus significados. Las personas siempre buscamos la solución más compleja, que nos acaba complicando la vida, en vez de tomar el camino mas sencillo y eficaz, buscamos siempre la perfección en todos nuestros actos y pensamientos, que al estar estrechamente relacionados (en unos más y en otros menos) nunca llegarán a ser perfectos, como es nuestro deseo e intención, sino banales e incompletos. Además está ahí el instinto que nos hace actuar inconscientemente, igual que lo hacíamos en ese pasado que creíamos olvidado, pero que en realidad solo habíamos tapado con nuevos recuerdos de menos valor, fabricando un parche tambaleante que poco a poco se irá despegando hasta dejar de nuevo estos recuerdos a flor de piel, o puede que un fuerte viento lo arranque de golpe, eso es mucho peor. Finalmente, la única solución es la mas sencilla, curar la herida producida con veneno, con veneno, pero es arriesgada: puede que el veneno la cure por un tiempo y luego la profundice aún más, o puede que la cure, la selle e incluso la desinfecte. Esto es sencillo, fácil no, pero uno debe arriesgarse para seguir adelante, porque no se puede vivir toda una vida al margen y escondiéndose por miedo a sufrir, si no te arriesgas nunca te sucederán cosas felices, porque la felicidad no viene a ti, la felicidad hay que encontrarla.
Y otro proyecto inacabado, como la gran mayoría de los que intento escribir...u.u
Sela se asomó a la
ventana. Hoy había sido un mal día y estaba cansada. No le había sonado el
despertador y había llegado tarde al trabajo, otra vez. La habían despedido.
Sela ya no sabía que
hacer, a sus 19 años aún no había encontrado ningún trabajo en el que durase
más de 2 meses, porque nunca cumplía correctamente todas las normas. Llegaba
tarde, faltaba muchos días con escusas tontas, etc. y a los dueños de los pequeños
negocios donde solía trabajar no les compensaba gastar dinero inútilmente, ya
que el poco dinero que ganaban con sus negocios lo tenían que gastar en pagar
al personal y comer ellos mismos.
Sela no era muy
responsable, y esa era una de las razones por las que se había mudado a aquel
remoto pueblo, porque pensaba que así lograría asentar un poco la cabeza y
empezar una nueva vida, una vida de verdad, una vida en la que las pesadillas
no la torturaran incansablemente por la noche y los malos recuerdos no anidaran
en su mente cada vez que cerraba los ojos. Pero no lo había conseguido.
Su ventana daba a un
pequeño patio, rodeado por unas vigorosas estatuas de piedra, de unos dos
metros y medio de altura y uno de ancho y con la forma de una cara alargada y
sutilmente deformada de forma casi rectangular, que según la dueña de la casa,
la señora Manuela, habían sido traídas por su marido, un rico arqueólogo, de
las entrañas de las inmensas y antiguas pirámides mayas de México hace cuarenta
años.
La señora Manuela
decía que había puesto aquellas estatuas rodeando su jardín porque tenían
noseque poder místico de los antiguos mayas y que cualquier fuerza maligna que
osase flanquear el umbral que estas estatuas formaban, sería destruida. Pero
todos los vecinos (aunque no eran muchos) decían que eso era una tremenda trola
y que realmente, la señora Manuela las había puesto ahí porque, aunque eta
nunca lo quisiera admitir, echaba de menos a su marido.
Éste se había
embarcado en un peligroso viaje por egipto hacía ya 29 años y no había vuelto.
Pero a pesar de ello, la señora manuela seguía esperando a su marido,
convencida de que cualquier día podría volver. El resto del pueblo no es que no
fuese tan optimista, sino que, simplemente, ya había aceptado que el señor Paco
Camiño no iba a volver, aunque la verdad era que ni siquiera les importaba.
En cierto modo, la
señora Manuela y su marido nunca habían llegado a formar del todo parte del
pueblo, puesto que ninguno de sus habitantes los miraba como tal.
El pueblo era
pequeño, y sus habitantes eran en su mayoría pobres y los que no lo eran
estaban a punto de serlo. Los únicos que se podían permitir pequeños lujos como
tener coche o dinero para pagar un taxi que les fuese a recoger al pueblo eran
los dueños de los pequeños negocios como tiendas o los que trabajaban en la
oficina de correos. Los demás tenían un puesto en el mercado semanal que había
los martes o si eran varones trabajaban en el mar durante 9 meses y volvían a
casa solamente uno y medio para ver a sus familias y traerles el dinero que
habían ganado.
Pero, 30 años atrás,
había llegado al pueblo un matrimonio con mucho dinero, habían comprado la casa
del antiguo alcalde (la más grande y antigua de todo el pueblo) y la habían
modificado a su gusto. Pero la gente del pueblo no los miraba con buenos ojos,
y no entendían porqué se había mudado aquel rico matrimonio a un pueblo tan
pobre y aislado.
Un sabor agrio pero
a la vez dulce despertó mis papilas gustativas, y más tarde mis otros cuatro
sentidos, pero no completamente.
Con las yemas de los
dedos rocé algo de tacto semirrugoso, pero no tanto como para no se suave, lo noté como mojado.
Mi nariz notó un
olor diferente, difícil de explicar, pero su recuerdo fue suficiente como para
que aquel sabor que me había despertado volviese a mis papilas gustativas, pero
sin que esta vez entrase nada por mi boca que lo provocase. Segundos más tarde
me di cuenta de que, debajo de ese olor, se extendía un horrible olor a podrido
que me provocó arcadas e hizo que me saltasen lágrimas.
Mis ojos pudieron distinguir una inmensidad de color
naranja que se extendía a mi alrededor, como si fuese una nube sobre la que yo
estuviese tumbado, una nube húmeda.
Sin embargo mis
oídos no escuchaban más que el fatigoso latido de mi corazón, que luchaba por
no apagarse, cada vez con menos fuerzas.
Sabía perfectamente
donde estaba, y también sabía que nadie me encontraría allí, puesto que solo yo
conocía ese lugar. Poco a poco en mi mente fueron apareciendo recuerdos de lo
que había sucedido y lo comprendí todo. Era irónico, aquello que yo había despreciado
había acabado salvándome la vida.
Entonces me acordé
de ella, y cerré los ojos con la esperanza de que ella también se acordase de
mi y me encontrase, porque era la única que me podría salvar.
CAPITULO 1
La voz de Ricardo me
despertó. Grave y serena, siempre conseguía que yo me despertase de buen humor,
aunque fuese domingo.
Poco a poco fui
abriendo los ojos y me estiré, aún debajo de las sábanas, lentamente, de manera
que pude sentir crujir a todas mis articulaciones, una a una.
Eché un vistazo a mi
alrededor, levanté la vista hasta un reloj de pared y logré distinguir la hora,
las nueve y media, exactamente las nueve y veintisiete minutos. Tan solo al
pensar en lo pronto que era me volví a tapar con las sábanas que Ricardo me estaba
intentando quitar.
Ricardo no paraba de
repetir "levántese señor Guillermo, levántese".
Yo no tenía ni idea de para que me venía a
despertar a esas horas, ya que normalmente me levantaba a las once y media para estar listo para ir a
la misa de las doce, pero tampoco me preocupaba demasiado, estaba lo
suficientemente cansado como para que esto durmiese mi curiosidad irremediable,
que en la mayoría de los casos era la causa de alguna desgracia propia o ajena.
Así que, por un día, antepuse mi cansancio a mis instintos, por el bien de la
humanidad y por el mío propio.
Pero Ricardo no se
daba por vencido, y después de mucho insistir consiguió quitarme todas las
sábanas menos la que cubría el colchón, por lo que me quedé destapado y
tiritando. Entonces empezó a repetir otra vez "levántese señor Guillermo,
levántese" y balanceándome de un lado a otro alternativamente, solamente
utilizaba este recurso cuando era urgente que me levantase y o ocurrían cosas
importantes que no me podía perder durante ningún concepto.
Así que, al final
decidí levantarme, gesto que Ricardo agradeció, según la expresión que pude
distinguir en su rostro.
Entonces Ricardo
procedió con su absurda monotonía, "buenos días señor Guillermo" me
dijo, "hoy hace un día maravilloso" y yo le respondí lo de siempre
"tienes razón Ricardo, hoy hace un día estupendo".
En cinco minutos
(quizás un poco más, ya que el reloj de pared donde había visto la hora al
despertar marcaba las nueve y treinta y cuatro minutos en ese momento) estuve
listo, no era muy difícil ya que tan solo tuve que ponerme la ropa limpia que
Isabel (una de las asistentas de la mansión, la más querida y por lo tanto la
que se ocupaba de mi) me había dejado preparada encima del pequeño escritorio
que había en un rincón de la habitación, como siempre.
Me lavé la cara,
siempre había creído que era una costumbre absurda, ya que después de
levantarme estaba completamente limpio, pero ya lo tenía como una monotonía
más.
Esta es del 17/1/12 Os recomiendo leerlo con esta canción de fondo
El frío entraba por
la ventana que había dejado entreabierta. Me levanté y fui hacia ella,
dispuesta a cerrarla. El paisaje era precioso. La luna era blanca y enorme, y
estaba rodeada de infinitas estrellas, que centelleaban sin cesar. Más se podía
ver bastante bien, ya que la luz de las farolas lejanas llegaba hasta las
fincas y la luz encendida en alguna habitación de las casas vecinas también
contribuía a que todo estuviese semiiluminado. Un leve soplo de viento trajo a mi multitud de olores que rápidamente identifiqué, ya que eran aquellos
que siempre olía al abrir la ventana, aquellos que me recordaban donde estaba.
El olor de la hierba fresca; el de una hoguera que alguien estaba haciendo para
deshacerse de lo que ya no se podía aprovechar; el del mar, el cual cubría la
mayor parte de lo que se veía desde mi ventana y creaba una hermosa línea de
horizonte al encontrarse con el cielo, completamente despejado. Cuando ya
llevaba un buen rato embelesada, con los ojos cerrados e intentando descubrir
más olores que se pudiesen camuflar, oí aquel sonido que siempre me había
parecido uno de los más hermosos que existen, por lo menos de los que he oído
yo, el cantar de una pájaro al que se sumó el de otro, aún más agudo, y el de
otro, y así sucesivamente, hasta que entre todos compusieron una hermosa
melodía que parecía ser de amor.
Todo aquello me
recordaba a el, la luna, el aroma de la hierba, todo me hizo recordarle. Su
pelo, su olor, su sonrisa, sus besos, su tierna mirada, volvieron a mi esas
sensaciones que sólo él despertaba en mi interior, aquella calidez que sentía
al mirarle, al rozar mis labios contra los suyos…
Un estornudo me hizo
volver al presente y cerré la ventana. Cuando esta profirió un leve
"clak" dejé caer los brazos y volví a sentarme en el escritorio. El
flexo seguía encendido. Lo apagué. La habitación se quedó casi a oscuras, solo levemente
iluminada por la escasa luz que traspasaba el grueso cristal de la ventana.
Pero él seguía ahí.
De alguna manera había conseguido volver a mi mente, despúes de haber estado
todo el día intentando no pensar en él, la luna lo había traído de vuelta a mis
pensamientos, y ahora no iba a salir, estaba segura.
Me levanté, pensando
que de algún modo así se arreglarían las cosas, dispuesta a andar un poco y
despejar nuevamente mi mente.
Pero no hube dado un
paso y ya me fallaron las piernas, y, de un momento a otro, me encontré
arrodillada en el suelo y con las palmas de las manos apolladas en el.
Lo peor no fue el
intenso escozor que notaba en la rodillas y en las manos, ni lo vulnerable y
torpe que me sentí, lo peor, fue saber que aunque me levantase me volvería a
caer, y aceptarlo. Así que hice lo único que pude hacer, lo que aquello que los
filósofos yaman el "ID", la parte inconsciente e innata de nuestra
mente, me dijo que hicese. Llorar.
Y así me quedé
minutos, horas, siglos, y la luna me iluminó hasta que ya no pude llorar más,
porque los mocos no me dejaban respirar y sentía la cabeza pesada.
Pero no dejé de
pensar en él.
Me levanté y fui al
baño, en parte para coger algo de papel para sonarme y también para lavarme la
cara, en otro intento de despejar la mente y aclarar mis pensamientos.
Al alzar la mirada
me vi en el espejo, aunque, si no fuera porque sabía que no había otra opción
posible, no hubiera dicho que aquella chica con los ojos rojos e hincahdos y
con una coleta deshecha y casi invisible bajo aquella mata de pelo enmarañado
era yo.
Más no me importó
demasiado, simplemente me sequé la cara con mi toalla y volví lentamente a mi
habitación. Me quedé depié, quieta, con la mirada perdida y cara la pared. Poco
a poco fui enfocando la vista y descubrí las leves marcas que seguramente ninguna
persona que no fuera yo podría distinguir en la verde pared, simplemente porque
yo nisiquiera las habría visto de no saber que hacía menos de doce haras que yo había arrancado cada una de
las fotografías que había pegadas allí desde hacía ya seis meses y cuatro días,
y los reuerdos de aquella primera cita que pareció un cuento de princesas
yacían arrugados, pero, por desracia, no olvidados, en la papelera que había
debajo del escritorio.
Sentí que se me
nublaba la vista y me tumbé bocabajo en la cama, y, poco a poco, mis sollozos
se fueron haciendo más intensos, hasta que me costó respirar.
Todo me recordaba a
él, a los buenos ratos que habíamos pasado juntos, a sus palabras de amor y a
sus promesas de fidelidad eterna… que no había cumplido.
No lograba entender
en que había fallado, que había hecho mal. Me sentía confusa y mi mente había
pasado de sentir la más pura rabia a el más intenso sentimiento de
culpabilidad.
No sabía qué hacer,
así que simplemente, me tumbé de lado, me abracé las piernas con las rodillas
completamente flexionadas, y así me quedé, gimiendo y llorando con una intensidad inconstante e impertinente,
que provocaba que de vez en cuando mojase el edredón con gruesas lágrimas, y
que mi dolor de cabeza aumentase a la vez que aumentaba también el cansancio y
la falta de descanso que sufría.
Pero su recuerdo me
acompañó aun cuando sucumbí a la desesperada llamada del mundo le los sueños,
que me hizo vagar por memorias del pasado entremezcladas con fantasías e
ilusiones y despertarme con una empalagosa sensación de nostalgia de momentos y
recuerdos de algo que nunca existió.
Esto lo escribí ya el otro día, el 26/9/12
Aquella vez se había
pasado, fue lo primero que pensé al salir corriendo de aquella maléfica casa
donde aún retumbaban sus gritos. Lágrimas resbalaban por mi rostro desnudo,
contraído en una expresión de miedo y terror que seguramente me hacía parecer
mas fea de lo que era, o por lo menos de o que me consideraba. Pero eso no era
lo importante en ese momento, a pesar que me dolía todo el cuerpo tras los
recientes golpes, no podía parar de correr; a pesar de que las rodillas
asemejaban clavarse en mi piel a cada paso que daba, no podía parar de correr; a
pesar que no sabía a donde iba, ni nenia a donde ir en realidad, no podía parar
de correr. Llegué a la playa, pero seguí corriendo, los pies se me enterraban
cada vez más en la arena o eso me parecía, mi cuerpo se volvía cada vez mas
pesado, como hierro oxidándose con el paso de los años, pero en este caso, en
apenas unos minutos, o horas, en aquel momento no tenía noción del tiempo, ni
me importaba lo más mínimo, solo sentía un fuerte impulso que movía mis piernas
y me obligaba a correr, sin rumbo, como una débil gacela escapando del feroz
león, desorientada, perdida, y sola.
Repentinamente,
sentí una brusca sacudida y mi boca se llenó de arena. Me había caído. Mis
piernas aún se movían como si fuesen sacudidas por pequeños impulsos elécricos
que fueros diminuyendo en su intensidad hasta convertirse en un simple temblor,
que a pesar de parecer tan insisnificante, me producía un intenso dolor por
todo el cuerpo, el cual, me nublaba la mente y poco a poco me fue haciéndo
perder la conciencia hasta finalmente cesar, a la vez que mi cuerpo descansaba
depositado en aquella fría arena, a merced de cualquier ola repentina que me
quisiera atacar.
Bueno pues se me ha ocurrido escribir aquí en esos momentos en los que me viene la inspiración y tengo la "necesidad" de escribir algo y asi quien lo lea podrá dar su opinion (si quiere xD)