La noche, oscura y sombría, se cernía sobre mí, tapándome con
su trágico manto de soledad y nubes, pero yo tan solo podía pensar en lo que
había acabado de perder.
La luna era cada vez más tenue, la densa niebla que se alzaba
en los cielos como una siniestra sombra la cubría impidiéndome ver, y la poca
claridad que ofrecía aquella triste luna llena no me ayudaba nada a avanzar.
No sabía por dónde iba, no sabía que había a mis pies, no
sabía la hora que era, no estaba en condiciones de pensar, ni quería recordar
lo que había pasado esa mañana, lo que me había hecho escapar, o sinceramente
lo que me había hecho huir muerta de terror, intentando no llorar y sin mirar
atrás No, no quería.
La niebla se hizo cada vez más espesa, la luna se ocultó cada
vez más. Miré al cielo, un escalofrío me recorrió toda la espalda y no pude
evitar estremecerme de terror. El paisaje era tremendamente desconcertante. La niebla
lo cubría todo, tan solo se distinguían las siluetas de los árboles del bosque
gracias a la tétrica luz blanca-semitransparente que la luna les proporcionaba.
Ella era la única que se veía claramente. Poco a poco, la niebla se había yendo
apartando de la luna, dejándola completamente al descubierto.
Pálida y triste, la luna se alzaba en lo más alto del cielo,
inundada por una luz casi fantasmal que me embobaba y no me dejaba apartar los
ojos de ella. Tan bella, tan irónica, tan solitaria, tan lejana, tan
tremendamente hermosa, y tan triste. Ella fue la única que me logró hacer
llorar. Ni la pobreza y la soledad en la que yo había estado viviendo, ni la
melancolía, ni la añoranza de tiempos mejores, ni la reciente muestra de odio y
desprecio de mi madre que me había roto el corazón esa misma mañana me habían
hecho llorar. Sin embargo, la pálida luz de la luna que se reflejaba en mis
ojos había hecho brotar lágrimas de ellos que no cesaban de manar
incontroladamente. Y me inundó una tremenda soledad. Y sentí que me moría. Y no
pude parar de llorar. No pude.
Aquellas palabras que me había estado atormentando todo el día
ahora rebotaban descontroladas en mi cabeza, produciéndome una oleada de
sentimientos, primero rabia, después dolor, luego angustia, más tarde
desconsuelo, y también ira, tristeza, amargura, pena, agonía, y un intenso
sufrimiento moral que me hizo desplomarme en el suelo, para luego deshincharme
como un globo al que pinchan y lo dejan en el aire, para que caiga a su suerte,
quizás en algún lugar seguro, quizás no.
Anegué el suelo con mis lágrimas, y me quedé allí, tendida en
aquel lugar húmedo y turbio, esperando a que mis lágrimas se secasen, dejando
que siguieran brotando, quizás pensaba que así me iba a sentir mejor, quizás
solo quería desahogarme, quizás solo seguí mi instinto.
En mi mente resonaban las palabras que tanto me atormentaban,
con una voz tan clara que casi parecía que me las estaban diciendo es ese mismo
momento; las palabras que había pronunciado mi madre esa misma mañana y que me
habían destrozado por completo.
“Eres la peor hija que existe” “Me alegro de haberte
abandonado”