jueves, 14 de marzo de 2013


La noche, oscura y sombría, se cernía sobre mí, tapándome con su trágico manto de soledad y nubes, pero yo tan solo podía pensar en lo que había acabado de perder.
La luna era cada vez más tenue, la densa niebla que se alzaba en los cielos como una siniestra sombra la cubría impidiéndome ver, y la poca claridad que ofrecía aquella triste luna llena no me ayudaba nada a avanzar.
No sabía por dónde iba, no sabía que había a mis pies, no sabía la hora que era, no estaba en condiciones de pensar, ni quería recordar lo que había pasado esa mañana, lo que me había hecho escapar, o sinceramente lo que me había hecho huir muerta de terror, intentando no llorar y sin mirar atrás  No, no quería.
La niebla se hizo cada vez más espesa, la luna se ocultó cada vez más. Miré al cielo, un escalofrío me recorrió toda la espalda y no pude evitar estremecerme de terror. El paisaje era tremendamente desconcertante. La niebla lo cubría todo, tan solo se distinguían las siluetas de los árboles del bosque gracias a la tétrica luz blanca-semitransparente que la luna les proporcionaba. Ella era la única que se veía claramente. Poco a poco, la niebla se había yendo apartando de la luna, dejándola completamente al descubierto.
Pálida y triste, la luna se alzaba en lo más alto del cielo, inundada por una luz casi fantasmal que me embobaba y no me dejaba apartar los ojos de ella. Tan bella, tan irónica, tan solitaria, tan lejana, tan tremendamente hermosa, y tan triste. Ella fue la única que me logró hacer llorar. Ni la pobreza y la soledad en la que yo había estado viviendo, ni la melancolía, ni la añoranza de tiempos mejores, ni la reciente muestra de odio y desprecio de mi madre que me había roto el corazón esa misma mañana me habían hecho llorar. Sin embargo, la pálida luz de la luna que se reflejaba en mis ojos había hecho brotar lágrimas de ellos que no cesaban de manar incontroladamente. Y me inundó una tremenda soledad. Y sentí que me moría. Y no pude parar de llorar. No pude.
Aquellas palabras que me había estado atormentando todo el día ahora rebotaban descontroladas en mi cabeza, produciéndome una oleada de sentimientos, primero rabia, después dolor, luego angustia, más tarde desconsuelo, y también ira, tristeza, amargura, pena, agonía, y un intenso sufrimiento moral que me hizo desplomarme en el suelo, para luego deshincharme como un globo al que pinchan y lo dejan en el aire, para que caiga a su suerte, quizás en algún lugar seguro, quizás no.
Anegué el suelo con mis lágrimas, y me quedé allí, tendida en aquel lugar húmedo y turbio, esperando a que mis lágrimas se secasen, dejando que siguieran brotando, quizás pensaba que así me iba a sentir mejor, quizás solo quería desahogarme, quizás solo seguí mi instinto.
En mi mente resonaban las palabras que tanto me atormentaban, con una voz tan clara que casi parecía que me las estaban diciendo es ese mismo momento; las palabras que había pronunciado mi madre esa misma mañana y que me habían destrozado por completo.
“Eres la peor hija que existe” “Me alegro de haberte abandonado”