Me desperté. Tenía
la cabeza aturdida tras aquel etéreo sueño que me había estado atormentando
toda la noche.
Desorientado, busqué
a tientas la gruesa cortina de la ventana, pero allí donde esta había estado
siempre, ya no había nada, sólo un profundo e inmenso vacío que me
desconcertaba y me oprimía el corazón.
Mis frágiles alas
tantearon el espacio que me rodeaba, pero no podía reconocer nada, sólo tocaba
un frío suelo de dura piedra, que olía a polvo y a humedad.
Me levanté
lentamente, tenía las patas entumecidas. Sentí pinchazos de dolor por todo el
cuerpo, cada simple movimiento me producía un intenso dolor. Al intentar
caminar, me caí de bruces al suelo, y allí me quedé, con la mente en blanco,
sufriendo tanto por dentro como por fuera, desorientado, perdido, y sin idea
alguna de qué hacer.
Me quedé así un buen
rato, hasta pensar era molesto. En aquel lugar no se escuchaba nada, solo un
tétrico silencio y mi lenta y entrecortada respiración. Mis tripas rugieron
rogando algo de comer.
Entonces empecé a
pensar en aquel banquete que habíamos hecho días atrás, en despedida a aquel
chico tan alegre. Recordé aquel curioso sombrero de paja con perfecta nitidez.
De repente fue como si un aire invisible me insuflara la fuerza suficiente como
para pensar con claridad, y el rostro de la princesa Vivi apareció por mi
atolondrada cabeza. Me puse muy nervioso. Dónde estaba ella? No
estaba a mi lado, ni siquiera podía escuchar su respiración. Acaso…estaba
muerta? No! No era posible! Dónde estaba?!
Me levanté
rápidamente sin hacer caso al dolor que recorría cada fibra de mis delicadas
plumas como una arrasadora descarga. Caminé torpemente lo más rápido que pude,
tambaleándome sin rumbo, y con voz afónica la empecé a llamar. Pero no obtuve
ninguna respuesta, ni siquiera el eco de mi voz. El nerviosismo fue aumentando,
empecé a correr por aquel infinito espacio, sin chocar con ningún muro, bulto o
piedra descolocada, tan solo tropezaba con mis propias patas, que aún no me
respondían "en su totalidad". Me caí veinte, o treinta, o quizás más
veces. Mi carrera nunca acababa, aquel lugar no tenía fin. Corría y corría,
cayéndome, levantándome, cambiando continuamente de dirección, o eso parecía,
porque aquel lugar estaba sumido en la más profunda oscuridad. Pero qué podía
hacer más que seguir corriendo? Estaba solo, completamente solo, solo aquella
aterradora oscuridad me acompañaba. Nada podía salvarme, pero no me importaba.
En aquel momento sólo podía pensar en salvarla a ella.
Finalmente, me caí.
Intenté levantarme, pero mis debilitadas patas ya no parecían responderme. Me
quedé quieto, respirando fuertemente.
El silencio me
envolvió de nuevo. Pero esta vez escuché algo más que mi respiración, algo
lejano, un aullido tembloroso, un grito de dolor. Mil imágenes de la princesa
pasaron por mi mente, me intenté levantar, pero no podía, el cuerpo no me
respondía. Yacía allí tumbado, con el cuerpo dolorido, e inmovilizado, y poco a
poco aquel desesperado grito se hacía más y más fuerte. Me llamaba, oía cómo
llamaba mi nombre, pero no podía acudir a su llamada, no podía atender sus
plegarias, sus gritos de socorro. Era ella? No lo sabía, no podía pensar con
claridad, me atormentaba aquella voz, no se callaba, yo…yo solo quería que se
apagase de una vez, y para siempre. Finalmente no me quedaron ni fuerzas como
para mantenerme consciente, así que me dejé que aquella fría piedra fuera mi
cuna y que aquel desesperado llanto me arrullara hasta quedarme dormido, o
desmayado. No me importaba, fuera lo que fuese era mejor que estar despierto.
El ruido de pasos me
despertó. Mis ojos se abrieron lentamente, todo mi cuerpo estaba entumecido por
el dolor y el frío. Una pequeña luz entraba, no sé por donde, pero había luz.
Observé mis alas, estaban manchadas de sangre. Tras de mí, el dueño de aquellos
pasos causantes de mi desvelamiento seguía acercándose. Estaba desubicado, así
que me giré. Ante mí se erguía una alta e imponente figura, toda cubierta por
una gruesa capa negra. De mis ojos comenzaron a brotar lágrimas de miedo,
volvía a estar paralizado, pero esta vez por aquella angustiosa sensación de
opresión que me producía aquel sujeto. Entonces se movió. Mi corazón dio un
vuelo "Viene hacia ti, Carue", pensé. Pero la siniestra figura no
avanzó. Solamente dejó caer a unos metros de mí un bulto inmóvil, y desapareció
antes de que me diera cuenta, justo en el preciso instante en el que dirigí mi
vista hacia aquello que ante mí ahora yacía, pues al levantarla ya no estaba.
Cuando la vi, mi corazón comenzó a
palpitar fuertemente. Podía distinguir un mechón de sedoso pelo azul
sobresaliendo de aquella arrugada envoltura. En mi mente resonaba su nombre, su
risa, no me lo podía creer, era ella. Me levanté a duras penas y corrí a su
lado, ahora las lágrimas brotaban fuertemente de mis ojos. El trayecto se hizo
eterno, parecía no llegar nunca, seguí corriendo, pero no avanzaba, la princesa
estaba cada vez más lejos. Quería estar a su lado, ver si se encontraba bien,
ayudarla, acariciarla, y decirle que al fin estaba de nuevo junto a ella. La
oscuridad comenzaba a apoderarse de nuevo del lugar. Grité su nombre, pero no
me respondió. Lloré, grité más, supliqué, pero no obtuve respuesta alguna. Me
empezó a escocer la garganta, y tenía ya la vista borrosa de tanto llorar. Sólo
podía ver su irreconocible figura alejándose, pero sin moverse, y ya casi no
había luz. Tropecé de nuevo, pero no paré de gritar. De pronto vi como la
figura se levantaba, comencé a gritar más fuerte, me levanté de nuevo y eché a
correr hacia aquel último haz de luz que la iluminaba. Pude ver su largo
cabello ondularse al moverse, pero no era apenas azul, estaba sucio, y según me
pareció distinguir de un oscuro color rojo. Sangre. Pude ver como se giraba
hacia mí, como en sus rotos labios pronunciaba sin voz mi nombre
"Ca-ru-e". Grité, la llamé, yo tampoco tenía apenas voz. La luz se
extinguió como la llama de una vela al soplar el viento. Estaba tan cerca…
seguí gritando, corriendo sin rumbo, pero no era capaz de escuchar siquiera mi
voz, el silencio se había apoderado de nuevo de aquel lugar y ya nada podía
rescatarme. No paré de correr, aunque ya no tenía fuerzas, seguí adelante.
Salvaría a Vivi, no estaba dispuesto a perderla. De repente, choqué contra
algo, parecía una pared, o un muro. Lo toqué, estaba frío, pero no de la misma
manera que aquella pierda, parecía…cristal. En lo que dura un pestañeo, se hizo
la luz, pero una luz tibia y fría, casi tan oscura como la misma oscuridad.
Pude verme en el espejo, estaba lleno de suciedad y sangre seca, me faltaban
plumas y en general tenía un aspecto extremadamente andrajoso. En ese momento
la vi. Estaba tras de mí, mirándome con ojos tristes, llenos de lágrimas. Me
giré rápidamente, temiendo que también ella desapareciera en tan solo un
instante, pero seguía allí. Di un titubeante paso en su dirección, nada pareció
ocurrir. Otro paso, y otro, estaba avanzando, al fin. Ella seguía allí, ella no
se movía, llegaría al fin a su lado, al fin…
En su cara pareció
florecer una tímida sonrisa, yo también sonreí, al fin estaríamos juntos, como
siempre. Ya podía percibir su aroma, ya casi podía distinguir cada detalle de
su rostro, ya casi…casi. De repente, una sensación de vacío me recorrió el cuerpo.
Al principio no comprendí lo que estaba pasando, ella volaba, se elevaba, y me
dejaba solo, de nuevo. La vi agacharse, y extender su mano, y entre
desesperados sollozos gritó mi nombre. Entonces lo comprendí, no era ella la
que volaba, era yo el que estaba cayendo. Cerré los ojos mientras su imagen y
su voz se alejaban. La última imagen que pasó por mi cabeza antes de perder de
nuevo la consciencia fue aquella fugaz sonrisa.
Me desperté
exaltado. Empecé a correr y a gritar. Pero rápidamente choqué contra algo, y
escuché un montón de golpes, como de cosas cayendo al suelo, incluso cristales
rompiéndose. Me asusté, retrocedí y choqué con algo duro que me hizo caer de
espaldas, pero al parecer sobre algo blandito. Qué era aquello? Una fuerte luz
destelló a mis dormidos ojos. "Carue, qué haces!?" dijo ella. Ella?
Ella! La princesa estaba viva! Abrí los ojos. En efecto, estaba viva, y
estaba…en pijama? Poco a poco me calmé y pude contemplar todo con serenidad.
Estaba en la habitación de la princesa. No había suelos de fría piedra y la
princesa estaba perfectamente (aunque sí un poco enfadada). Entonces lo
comprendí todo. Había sido un sueño. Aliviado, sonreí y abracé a Vivi, aunque
hubiera sido un sueño, aquel miedo que había pasado al pensar en perderla aún
me oprimía el corazón. Ella volvió a la cama, yo me quedé despierto toda la
noche observándola.
La verdad es que no
tenía ganas de volver a dormir.