PRÓLOGO
Un sabor agrio pero
a la vez dulce despertó mis papilas gustativas, y más tarde mis otros cuatro
sentidos, pero no completamente.
Con las yemas de los
dedos rocé algo de tacto semirrugoso, pero no tanto como para no se suave, lo noté como mojado.
Mi nariz notó un
olor diferente, difícil de explicar, pero su recuerdo fue suficiente como para
que aquel sabor que me había despertado volviese a mis papilas gustativas, pero
sin que esta vez entrase nada por mi boca que lo provocase. Segundos más tarde
me di cuenta de que, debajo de ese olor, se extendía un horrible olor a podrido
que me provocó arcadas e hizo que me saltasen lágrimas.
Mis ojos pudieron distinguir una inmensidad de color
naranja que se extendía a mi alrededor, como si fuese una nube sobre la que yo
estuviese tumbado, una nube húmeda.
Sin embargo mis
oídos no escuchaban más que el fatigoso latido de mi corazón, que luchaba por
no apagarse, cada vez con menos fuerzas.
Sabía perfectamente
donde estaba, y también sabía que nadie me encontraría allí, puesto que solo yo
conocía ese lugar. Poco a poco en mi mente fueron apareciendo recuerdos de lo
que había sucedido y lo comprendí todo. Era irónico, aquello que yo había despreciado
había acabado salvándome la vida.
Entonces me acordé
de ella, y cerré los ojos con la esperanza de que ella también se acordase de
mi y me encontrase, porque era la única que me podría salvar.
CAPITULO 1
La voz de Ricardo me
despertó. Grave y serena, siempre conseguía que yo me despertase de buen humor,
aunque fuese domingo.
Poco a poco fui
abriendo los ojos y me estiré, aún debajo de las sábanas, lentamente, de manera
que pude sentir crujir a todas mis articulaciones, una a una.
Eché un vistazo a mi
alrededor, levanté la vista hasta un reloj de pared y logré distinguir la hora,
las nueve y media, exactamente las nueve y veintisiete minutos. Tan solo al
pensar en lo pronto que era me volví a tapar con las sábanas que Ricardo me estaba
intentando quitar.
Ricardo no paraba de
repetir "levántese señor Guillermo, levántese".
Yo no tenía ni idea de para que me venía a
despertar a esas horas, ya que normalmente me levantaba a las once y media para estar listo para ir a
la misa de las doce, pero tampoco me preocupaba demasiado, estaba lo
suficientemente cansado como para que esto durmiese mi curiosidad irremediable,
que en la mayoría de los casos era la causa de alguna desgracia propia o ajena.
Así que, por un día, antepuse mi cansancio a mis instintos, por el bien de la
humanidad y por el mío propio.
Pero Ricardo no se
daba por vencido, y después de mucho insistir consiguió quitarme todas las
sábanas menos la que cubría el colchón, por lo que me quedé destapado y
tiritando. Entonces empezó a repetir otra vez "levántese señor Guillermo,
levántese" y balanceándome de un lado a otro alternativamente, solamente
utilizaba este recurso cuando era urgente que me levantase y o ocurrían cosas
importantes que no me podía perder durante ningún concepto.
Así que, al final
decidí levantarme, gesto que Ricardo agradeció, según la expresión que pude
distinguir en su rostro.
Entonces Ricardo
procedió con su absurda monotonía, "buenos días señor Guillermo" me
dijo, "hoy hace un día maravilloso" y yo le respondí lo de siempre
"tienes razón Ricardo, hoy hace un día estupendo".
En cinco minutos
(quizás un poco más, ya que el reloj de pared donde había visto la hora al
despertar marcaba las nueve y treinta y cuatro minutos en ese momento) estuve
listo, no era muy difícil ya que tan solo tuve que ponerme la ropa limpia que
Isabel (una de las asistentas de la mansión, la más querida y por lo tanto la
que se ocupaba de mi) me había dejado preparada encima del pequeño escritorio
que había en un rincón de la habitación, como siempre.
Me lavé la cara,
siempre había creído que era una costumbre absurda, ya que después de
levantarme estaba completamente limpio, pero ya lo tenía como una monotonía
más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario