Os recomiendo leerlo con esta canción de fondo
El frío entraba por
la ventana que había dejado entreabierta. Me levanté y fui hacia ella,
dispuesta a cerrarla. El paisaje era precioso. La luna era blanca y enorme, y
estaba rodeada de infinitas estrellas, que centelleaban sin cesar. Más se podía
ver bastante bien, ya que la luz de las farolas lejanas llegaba hasta las
fincas y la luz encendida en alguna habitación de las casas vecinas también
contribuía a que todo estuviese semiiluminado. Un leve soplo de viento trajo a mi multitud de olores que rápidamente identifiqué, ya que eran aquellos
que siempre olía al abrir la ventana, aquellos que me recordaban donde estaba.
El olor de la hierba fresca; el de una hoguera que alguien estaba haciendo para
deshacerse de lo que ya no se podía aprovechar; el del mar, el cual cubría la
mayor parte de lo que se veía desde mi ventana y creaba una hermosa línea de
horizonte al encontrarse con el cielo, completamente despejado. Cuando ya
llevaba un buen rato embelesada, con los ojos cerrados e intentando descubrir
más olores que se pudiesen camuflar, oí aquel sonido que siempre me había
parecido uno de los más hermosos que existen, por lo menos de los que he oído
yo, el cantar de una pájaro al que se sumó el de otro, aún más agudo, y el de
otro, y así sucesivamente, hasta que entre todos compusieron una hermosa
melodía que parecía ser de amor.
Todo aquello me
recordaba a el, la luna, el aroma de la hierba, todo me hizo recordarle. Su
pelo, su olor, su sonrisa, sus besos, su tierna mirada, volvieron a mi esas
sensaciones que sólo él despertaba en mi interior, aquella calidez que sentía
al mirarle, al rozar mis labios contra los suyos…
Un estornudo me hizo
volver al presente y cerré la ventana. Cuando esta profirió un leve
"clak" dejé caer los brazos y volví a sentarme en el escritorio. El
flexo seguía encendido. Lo apagué. La habitación se quedó casi a oscuras, solo levemente
iluminada por la escasa luz que traspasaba el grueso cristal de la ventana.
Pero él seguía ahí.
De alguna manera había conseguido volver a mi mente, despúes de haber estado
todo el día intentando no pensar en él, la luna lo había traído de vuelta a mis
pensamientos, y ahora no iba a salir, estaba segura.
Me levanté, pensando
que de algún modo así se arreglarían las cosas, dispuesta a andar un poco y
despejar nuevamente mi mente.
Pero no hube dado un
paso y ya me fallaron las piernas, y, de un momento a otro, me encontré
arrodillada en el suelo y con las palmas de las manos apolladas en el.
Lo peor no fue el
intenso escozor que notaba en la rodillas y en las manos, ni lo vulnerable y
torpe que me sentí, lo peor, fue saber que aunque me levantase me volvería a
caer, y aceptarlo. Así que hice lo único que pude hacer, lo que aquello que los
filósofos yaman el "ID", la parte inconsciente e innata de nuestra
mente, me dijo que hicese. Llorar.
Y así me quedé
minutos, horas, siglos, y la luna me iluminó hasta que ya no pude llorar más,
porque los mocos no me dejaban respirar y sentía la cabeza pesada.
Pero no dejé de
pensar en él.
Me levanté y fui al
baño, en parte para coger algo de papel para sonarme y también para lavarme la
cara, en otro intento de despejar la mente y aclarar mis pensamientos.
Al alzar la mirada
me vi en el espejo, aunque, si no fuera porque sabía que no había otra opción
posible, no hubiera dicho que aquella chica con los ojos rojos e hincahdos y
con una coleta deshecha y casi invisible bajo aquella mata de pelo enmarañado
era yo.
Más no me importó
demasiado, simplemente me sequé la cara con mi toalla y volví lentamente a mi
habitación. Me quedé depié, quieta, con la mirada perdida y cara la pared. Poco
a poco fui enfocando la vista y descubrí las leves marcas que seguramente ninguna
persona que no fuera yo podría distinguir en la verde pared, simplemente porque
yo nisiquiera las habría visto de no saber que hacía menos de doce haras que yo había arrancado cada una de
las fotografías que había pegadas allí desde hacía ya seis meses y cuatro días,
y los reuerdos de aquella primera cita que pareció un cuento de princesas
yacían arrugados, pero, por desracia, no olvidados, en la papelera que había
debajo del escritorio.
Sentí que se me
nublaba la vista y me tumbé bocabajo en la cama, y, poco a poco, mis sollozos
se fueron haciendo más intensos, hasta que me costó respirar.
Todo me recordaba a
él, a los buenos ratos que habíamos pasado juntos, a sus palabras de amor y a
sus promesas de fidelidad eterna… que no había cumplido.
No lograba entender
en que había fallado, que había hecho mal. Me sentía confusa y mi mente había
pasado de sentir la más pura rabia a el más intenso sentimiento de
culpabilidad.
No sabía qué hacer,
así que simplemente, me tumbé de lado, me abracé las piernas con las rodillas
completamente flexionadas, y así me quedé, gimiendo y llorando con una intensidad inconstante e impertinente,
que provocaba que de vez en cuando mojase el edredón con gruesas lágrimas, y
que mi dolor de cabeza aumentase a la vez que aumentaba también el cansancio y
la falta de descanso que sufría.
Pero su recuerdo me
acompañó aun cuando sucumbí a la desesperada llamada del mundo le los sueños,
que me hizo vagar por memorias del pasado entremezcladas con fantasías e
ilusiones y despertarme con una empalagosa sensación de nostalgia de momentos y
recuerdos de algo que nunca existió.
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