martes, 2 de octubre de 2012

Corazón roto y luna llena

Esta es del 17/1/12
Os recomiendo leerlo con esta canción de fondo 


El frío entraba por la ventana que había dejado entreabierta. Me levanté y fui hacia ella, dispuesta a cerrarla. El paisaje era precioso. La luna era blanca y enorme, y estaba rodeada de infinitas estrellas, que centelleaban sin cesar. Más se podía ver bastante bien, ya que la luz de las farolas lejanas llegaba hasta las fincas y la luz encendida en alguna habitación de las casas vecinas también contribuía a que todo estuviese semiiluminado. Un leve soplo de viento  trajo a mi multitud de olores que rápidamente identifiqué, ya que eran aquellos que siempre olía al abrir la ventana, aquellos que me recordaban donde estaba. El olor de la hierba fresca; el de una hoguera que alguien estaba haciendo para deshacerse de lo que ya no se podía aprovechar; el del mar, el cual cubría la mayor parte de lo que se veía desde mi ventana y creaba una hermosa línea de horizonte al encontrarse con el cielo, completamente despejado. Cuando ya llevaba un buen rato embelesada, con los ojos cerrados e intentando descubrir más olores que se pudiesen camuflar, oí aquel sonido que siempre me había parecido uno de los más hermosos que existen, por lo menos de los que he oído yo, el cantar de una pájaro al que se sumó el de otro, aún más agudo, y el de otro, y así sucesivamente, hasta que entre todos compusieron una hermosa melodía que parecía ser de amor.
Todo aquello me recordaba a el, la luna, el aroma de la hierba, todo me hizo recordarle. Su pelo, su olor, su sonrisa, sus besos, su tierna mirada, volvieron a mi esas sensaciones que sólo él despertaba en mi interior, aquella calidez que sentía al mirarle, al rozar mis labios contra los suyos…
Un estornudo me hizo volver al presente y cerré la ventana. Cuando esta profirió un leve "clak" dejé caer los brazos y volví a sentarme en el escritorio. El flexo seguía encendido. Lo apagué. La habitación se  quedó casi a oscuras, solo levemente iluminada por la escasa luz que traspasaba el grueso cristal de la ventana.
Pero él seguía ahí. De alguna manera había conseguido volver a mi mente, despúes de haber estado todo el día intentando no pensar en él, la luna lo había traído de vuelta a mis pensamientos, y ahora no iba a salir, estaba segura.
Me levanté, pensando que de algún modo así se arreglarían las cosas, dispuesta a andar un poco y despejar nuevamente mi mente.
Pero no hube dado un paso y ya me fallaron las piernas, y, de un momento a otro, me encontré arrodillada en el suelo y con las palmas de las manos apolladas en el.
Lo peor no fue el intenso escozor que notaba en la rodillas y en las manos, ni lo vulnerable y torpe que me sentí, lo peor, fue saber que aunque me levantase me volvería a caer, y aceptarlo. Así que hice lo único que pude hacer, lo que aquello que los filósofos yaman el "ID", la parte inconsciente e innata de nuestra mente, me dijo que hicese. Llorar.
Y así me quedé minutos, horas, siglos, y la luna me iluminó hasta que ya no pude llorar más, porque los mocos no me dejaban respirar y sentía la cabeza pesada.
Pero no dejé de pensar en él.
Me levanté y fui al baño, en parte para coger algo de papel para sonarme y también para lavarme la cara, en otro intento de despejar la mente y aclarar mis pensamientos.
Al alzar la mirada me vi en el espejo, aunque, si no fuera porque sabía que no había otra opción posible, no hubiera dicho que aquella chica con los ojos rojos e hincahdos y con una coleta deshecha y casi invisible bajo aquella mata de pelo enmarañado era yo.
Más no me importó demasiado, simplemente me sequé la cara con mi toalla y volví lentamente a mi habitación. Me quedé depié, quieta, con la mirada perdida y cara la pared. Poco a poco fui enfocando la vista y descubrí las leves marcas que seguramente ninguna persona que no fuera yo podría distinguir en la verde pared, simplemente porque yo nisiquiera las habría visto de no saber que hacía menos de  doce haras que yo había arrancado cada una de las fotografías que había pegadas allí desde hacía ya seis meses y cuatro días, y los reuerdos de aquella primera cita que pareció un cuento de princesas yacían arrugados, pero, por desracia, no olvidados, en la papelera que había debajo del escritorio.
Sentí que se me nublaba la vista y me tumbé bocabajo en la cama, y, poco a poco, mis sollozos se fueron haciendo más intensos, hasta que me costó respirar.
Todo me recordaba a él, a los buenos ratos que habíamos pasado juntos, a sus palabras de amor y a sus promesas de fidelidad eterna… que no había cumplido.
No lograba entender en que había fallado, que había hecho mal. Me sentía confusa y mi mente había pasado de sentir la más pura rabia a el más intenso sentimiento de culpabilidad.
No sabía qué hacer, así que simplemente, me tumbé de lado, me abracé las piernas con las rodillas completamente flexionadas, y así me quedé, gimiendo y llorando con  una intensidad inconstante e impertinente, que provocaba que de vez en cuando mojase el edredón con gruesas lágrimas, y que mi dolor de cabeza aumentase a la vez que aumentaba también el cansancio y la falta de descanso que sufría.
Pero su recuerdo me acompañó aun cuando sucumbí a la desesperada llamada del mundo le los sueños, que me hizo vagar por memorias del pasado entremezcladas con fantasías e ilusiones y despertarme con una empalagosa sensación de nostalgia de momentos y recuerdos de algo que nunca existió.

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