Sela se asomó a la
ventana. Hoy había sido un mal día y estaba cansada. No le había sonado el
despertador y había llegado tarde al trabajo, otra vez. La habían despedido.
Sela ya no sabía que
hacer, a sus 19 años aún no había encontrado ningún trabajo en el que durase
más de 2 meses, porque nunca cumplía correctamente todas las normas. Llegaba
tarde, faltaba muchos días con escusas tontas, etc. y a los dueños de los pequeños
negocios donde solía trabajar no les compensaba gastar dinero inútilmente, ya
que el poco dinero que ganaban con sus negocios lo tenían que gastar en pagar
al personal y comer ellos mismos.
Sela no era muy
responsable, y esa era una de las razones por las que se había mudado a aquel
remoto pueblo, porque pensaba que así lograría asentar un poco la cabeza y
empezar una nueva vida, una vida de verdad, una vida en la que las pesadillas
no la torturaran incansablemente por la noche y los malos recuerdos no anidaran
en su mente cada vez que cerraba los ojos. Pero no lo había conseguido.
Su ventana daba a un
pequeño patio, rodeado por unas vigorosas estatuas de piedra, de unos dos
metros y medio de altura y uno de ancho y con la forma de una cara alargada y
sutilmente deformada de forma casi rectangular, que según la dueña de la casa,
la señora Manuela, habían sido traídas por su marido, un rico arqueólogo, de
las entrañas de las inmensas y antiguas pirámides mayas de México hace cuarenta
años.
La señora Manuela
decía que había puesto aquellas estatuas rodeando su jardín porque tenían
noseque poder místico de los antiguos mayas y que cualquier fuerza maligna que
osase flanquear el umbral que estas estatuas formaban, sería destruida. Pero
todos los vecinos (aunque no eran muchos) decían que eso era una tremenda trola
y que realmente, la señora Manuela las había puesto ahí porque, aunque eta
nunca lo quisiera admitir, echaba de menos a su marido.
Éste se había
embarcado en un peligroso viaje por egipto hacía ya 29 años y no había vuelto.
Pero a pesar de ello, la señora manuela seguía esperando a su marido,
convencida de que cualquier día podría volver. El resto del pueblo no es que no
fuese tan optimista, sino que, simplemente, ya había aceptado que el señor Paco
Camiño no iba a volver, aunque la verdad era que ni siquiera les importaba.
En cierto modo, la
señora Manuela y su marido nunca habían llegado a formar del todo parte del
pueblo, puesto que ninguno de sus habitantes los miraba como tal.
El pueblo era
pequeño, y sus habitantes eran en su mayoría pobres y los que no lo eran
estaban a punto de serlo. Los únicos que se podían permitir pequeños lujos como
tener coche o dinero para pagar un taxi que les fuese a recoger al pueblo eran
los dueños de los pequeños negocios como tiendas o los que trabajaban en la
oficina de correos. Los demás tenían un puesto en el mercado semanal que había
los martes o si eran varones trabajaban en el mar durante 9 meses y volvían a
casa solamente uno y medio para ver a sus familias y traerles el dinero que
habían ganado.
Pero, 30 años atrás,
había llegado al pueblo un matrimonio con mucho dinero, habían comprado la casa
del antiguo alcalde (la más grande y antigua de todo el pueblo) y la habían
modificado a su gusto. Pero la gente del pueblo no los miraba con buenos ojos,
y no entendían porqué se había mudado aquel rico matrimonio a un pueblo tan
pobre y aislado.
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